El evangelio no solo transforma el destino eterno del pecador, sino también su manera de vivir en medio del mundo. La gracia de Dios produce un cambio visible: un espíritu de obediencia, mansedumbre y disposición para hacer el bien a todos. Pero esta nueva vida solo se comprende correctamente cuando recordamos lo que éramos antes y lo que Dios hizo para salvarnos. Desde la miseria de nuestra condición pasada hasta la manifestación de la bondad y misericordia divina, este pasaje nos muestra que la salvación no procede de nuestras obras, sino de la gracia soberana de Dios que regenera y renueva al pecador por medio de Jesucristo.
