Iglesia Bautista Reformada Independiente en Pedro Carbo Ecuador
Lo que creemos
A continuación elaboraremos una lista de algunas marcas que nos distinguen de ciertas iglesias evangélicas:
Creemos que la Biblia, es decir la palabra inspirada de Dios, es la máxima autoridad de la iglesia, y la única regla segura, inerrante, infalible y suficiente para la vida del cristiano (2 Tim 3:16-17, Heb 4:12, 2 P 1:19-21, Sal 19:7-8).
Creemos que la Biblia es la revelación final y completa de parte de Dios. Dicho esto, creemos que hoy en día Dios continúa hablando, pero lo hace precisamente por medio de su palabra escrita y revelada en su totalidad. Esto quiere decir que la forma en que Dios le revelaba su voluntad a su pueblo en el pasado ha cesado (Heb 1:1-2), por lo cual no ha de añadirse jamás absolutamente nada a la Escritura, ni por nuevas revelaciones, visiones o sueños, ni por tradiciones, costumbres, o mandamientos de hombres (Ap 22:18-19, Mr 7:6-7, Gl 1:6-9).
Creemos en un solo Dios, único, vivo, y verdadero (Dt 6:4, Mr 12:29, Is 44:6, Jn 17:3); sin embargo, en este Ser divino e infinito subsisten tres personas diferentes. La divina Trinidad es una Trinidad en unidad, pluralidad en unidad, y unidad en pluralidad; es decir, no hay tres Dioses, sino tres personas distintas subsistiendo conjuntamente en el único Dios verdadero. Estas tres personas son el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo (2 Co 13:14, Is 48:16, Mt 3:16-17, Sal 110:1), cada uno de la misma naturaleza y esencia divina, igualmente eternos, iguales en poder y gloria. Por lo tanto, el concepto de la Trinidad no hace referencia a tres dioses distintos, sino a un mismo Dios en tres personas: el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Un solo Dios en esencia, que se distingue en tres personas diferentes.
Creemos que Jesús es el eterno Hijo de Dios, no creado, sino eterno al igual que el Padre y el Espíritu Santo, quien se encarnó y vino a este mundo asumiendo una naturaleza humana, pero sin pecado, producto de la obra del Espíritu Santo en la virgen María. Por lo tanto, creemos que Jesús es la segunda persona de la Trinidad, quien asumió una naturaleza divina y una naturaleza humana, siendo verdaderamente Dios y verdaderamente hombre (Jn 1:1-3,14; Jn 3:13; Jn 8:58; Jn 17:3,5; Miq 5:2; Col 1:15-17; Fil 2:5-11; Heb 1:2-3,8; Heb 13:8; 1 Co 8:6; 1 Jn 1:1-3).
Creemos que la obra de Cristo en la cruz pagó completamente los pecados de su pueblo, y fue totalmente suficiente para perdonar y salvar al pecador de sus pecados y del infierno; por lo tanto, no se ha de añadir nada al sacrificio salvífico y perfecto de nuestro Señor Jesucristo (Jn 19:30; Hch 20:28; Rom 5:1-2, 8:1,34; 1 Jn 3:5; Heb 7:25, 9:12, 10:12,14,17,18).
Creemos que la salvación es un regalo de Dios; no es una recompensa o pago por nuestras obras, sino un regalo inmerecido de parte de Dios. Por lo tanto, la salvación no es por obras, méritos, o esfuerzos humanos, sino solamente por gracia, mediante la fe únicamente en Cristo Jesús. Creemos que el ser humano no colabora en nada en su salvación (Rom 3:24, 4:4-5; Ef 2:8-10; 2 Ti 1:9; Hch 4:12).
Creemos que la salvación de un pecador siempre será evidenciada con un verdadero arrepentimiento y una verdadera fe, que a su vez producirán frutos de justicia, santidad y obediencia voluntaria a la palabra de Dios, y perseverancia hasta el fin (Mt 3:8, 7:20, 21:28-30; Flp 1:11; Rom 6:22; Heb 12:14; Lc 6:46; 1 Jn 2:4, 3:17-18; 2 Co 5:17).
Creemos en la seguridad de la salvación del creyente. Creemos que una vez que Jesús ha pagado completamente los pecados de un pecador en la cruz, ya no se vuelven a pagar más (Heb 9:28, 10:12; Is 53:6-12). De manera que el sacrificio de Jesús es efectivo en aquellos que han sido salvados y han nacido de nuevo por la obra regeneradora del Espíritu Santo (Tito 3:4-7).
Creemos que Jesús ha rescatado y comprado a su iglesia a un precio inigualable: su propia sangre (1 P 1:18-23). De manera que la iglesia, una vez comprada y rescatada por nuestro gran Salvador, es imposible que Satanás, el mundo, y el pecado puedan arrebatársela de las manos de Dios (Mt 16:18; Jn 10:11,27-29; Rom 8:31-39). Creemos que aquellos que han pasado a ser hijos de Dios por medio de la reconciliación que logró Jesús en la cruz entre el pecador y Dios están seguros en las manos del Todopoderoso, y la salvación de ellos descansa en las manos del Señor (Rom 5:1-2,10; 2 Co 5:19; Rom 8:1).
Creemos que, aunque la salvación de un creyente es segura, rechazamos cualquier pensamiento o enseñanza que se aproveche de esta doctrina como licencia para pecar y vivir en libertinaje. Lamentablemente hay grupos que han desfigurado esta hermosa doctrina, afirmando que quien cree tener un lugar asegurado en el cielo tiene libertad para vivir en pecado. Pero la Biblia dice que «el que practica el pecado es del diablo», y que «si alguien dice ser de Dios y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él». Al verdadero cristiano «se lo conoce por los frutos». La salvación siempre será evidenciada con una vida obediente y santa. Todo aquel que ha sido salvado por gracia «será una nueva criatura» y comenzará a vivir una vida totalmente diferente, evidente ante el ojo humano. La sana doctrina jamás estará divorciada de la práctica.
Creemos que una de las marcas de un verdadero creyente es la vida de santidad (1 P 1:16; Heb 12:14). Aunque hemos sido librados de la esclavitud y del poder del pecado, todavía queda un remanente en la carne, con el cual cada cristiano verdadero tiene que luchar hasta el último día de su vida, mortificando el pecado que aún queda en su carne, en dependencia del Espíritu Santo (2 Co 7:1; Ef 4:24; 1 Ts 3:13). El verdadero creyente desea vivir una vida santa, esforzándose cada día en mortificar el pecado de la carne, haciendo uso de las armas espirituales a su favor: la oración, la lectura de la palabra, la meditación en las Escrituras, la predicación de la palabra, la comunión con los santos, la Cena del Señor, los cánticos espirituales, y los ayunos privados, entre otros (Ef 6:10-18). La prueba de la conversión es la santificación (2 Ti 2:19).
Creemos que un verdadero creyente, aunque caiga en pecado y se aleje por un tiempo de Dios, jamás se quedará viviendo en dicho pecado ni morirá en rebeldía (ejemplos: David, Sansón, Salomón, Pedro), sino que será traído a un arrepentimiento sincero, no por miedo al infierno, sino por una tristeza profunda de haber ofendido a Dios. Su comunión con Dios será restaurada, y la paz y el gozo que se habían perdido vuelven al creyente. No obstante, aunque el creyente sea perdonado y restaurado, su pecado siempre traerá consecuencias, como advertencia para no caer en lo mismo.
Creemos también que una de las formas en que un verdadero creyente puede ser restaurado de algún pecado es por medio de la disciplina de la iglesia (Mt 18:15-19; 2 Co 5:4-5,12-13; 2 Ts 3:14; 1 Ti 5:20), aunque muchas veces Dios puede disciplinar directamente al creyente permitiendo cierta enfermedad, o incluso quitándole la vida, para que no sea condenado como el mundo (1 Co 11:27-32).
La verdadera iglesia de Jesús, compuesta por todos aquellos que han nacido de nuevo, han puesto su fe completamente en el Salvador, y se mantienen firmes hasta el final, perseverando en la sana doctrina y en una vida humilde, de obediencia y santa, jamás será destruida por el ejército de Satanás (1 Jn 5:4-5,18-19; Ap 12:10). Creemos que en el momento en que una persona nace de nuevo, el Espíritu Santo viene a morar en el creyente, y estará hasta el fin en él, como sello y garantía de la vida eterna (Jn 14:16-17; 2 Co 1:22, 5:5; Ef 1:14). El Espíritu Santo se puede entristecer y apagar (Ef 4:30; 1 Ts 5:19), pero nunca abandonar al verdadero creyente, siendo nuestra garantía absoluta de estar con Dios para siempre (Fil 1:6, 2:13).
Creemos en la libre oferta gratuita del Evangelio a toda criatura, y en el discipulado de los creyentes, siendo la iglesia de Cristo la encargada de esta solemne misión, llamada a ser la luz del mundo y la sal de la tierra (Mt 28:18-20, 5:13-16; Hch 13:47). Creemos que el medio que Dios ha escogido para traer a los pecadores al arrepentimiento y a la fe para salvación de las almas es la predicación del Evangelio de Jesucristo (Rom 10:14-18; 2 Co 5:18-20). Creemos que el mayor milagro que Dios puede hacer en una persona es la obra del nuevo nacimiento y la conversión del pecador (Jn 3:3-8; Job 15:15-16, 25:4-6; Prov 20:9; Jer 13:23; Mr 15:32; Lc 23:39-43, 15:32, 19:8-10; Jn 4:25-30,39-42; Hch 9:21-22, 16:23-34).
Creemos que Dios continúa realizando diversos milagros en las vidas de las personas a lo largo y ancho del mundo, como la sanación de los enfermos, aunque ya no se llevan a cabo mediante los dones extraordinarios que recibieron los apóstoles y ciertos hombres escogidos por Cristo para respaldar el mensaje como discípulos legítimos (Mr 16:20; 2 Co 12:12; Heb 2:3-4). Ahora los milagros se llevan a cabo según la voluntad de Dios, en respuesta a la oración de los creyentes por los enfermos y debilitados (Stg 5:14-16; Fil 2:25-27; 2 Ti 4:20; 1 Jn 5:14; Mt 6:9-10; Lc 22:42).
Creemos que los dones milagrosos que manifestaban señales y prodigios cumplieron su función en momentos específicos, mientras la Biblia estaba siendo escrita, y una vez completadas las Escrituras con el libro de Apocalipsis, dichos dones fueron suspendidos, habiendo ya cumplido su propósito (Heb 2:3-4; 1 Co 13:8-10). El testimonio completo de las Escrituras es suficiente para creer en las obras de Dios y en el Evangelio de salvación (2 Ti 3:16; 2 P 1:19), teniendo presente que «caminamos por fe, no por vista» (2 Co 5:7).
Creemos que la iglesia está compuesta por oficiales y miembros, y que el Señor mismo ha establecido dichos oficiales, como los pastores y diáconos, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef 4:11-12; Fil 1:1). Creemos que el oficio pastoral ha sido reservado únicamente para los varones. Solo aquellos que han sido llamados internamente por Dios y aprobados de acuerdo a los requisitos que se encuentran en 1 Ti 3 y Tit 1:5-9 pueden ser reconocidos por la iglesia como ministros del Evangelio.
Creemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales en cuanto a la salvación, el valor, y la dignidad ante Dios (Gl 3:26-29), aunque son diferentes en roles u oficios (1 Ti 2:11-15). Aunque las mujeres no han sido llamadas al oficio pastoral o al liderazgo en la iglesia, el Señor les ha asignado la misma responsabilidad que todo creyente tiene de evangelizar a los perdidos. El hogar es el primer ministerio de la mujer, como esposa siendo ayuda idónea, y como madre criando a sus hijos en la instrucción de la palabra (Ef 6:4; Pr 22:6). También pueden desempeñar ciertos deberes dentro de la iglesia, como la enseñanza a las mujeres y a los niños (Tit 2:3-5; 2 Ti 1:5, 3:15).
Creemos que una iglesia bíblica de sana doctrina practica la disciplina cuando el pecado tiene que ser tratado de acuerdo a los principios bíblicos. Creemos que la disciplina de la iglesia ha sido establecida por Dios con el propósito de preservar a su iglesia de la impureza y la corrupción, y como medio para restaurar a los hermanos que caen en ciertos pecados (Mt 18:15-19; 2 Co 5:4-5,12-13; 2 Ts 3:14; 1 Ti 5:20).
Creemos que nuestro Señor ha dejado establecidas dos ordenanzas para su iglesia: el bautismo y la Cena del Señor.
El bautismo es una ordenanza del Nuevo Testamento instituida por Jesucristo (Mt 28:19) con el fin de comunicar externamente lo que ya ha sucedido internamente en el corazón de la persona que va a ser bautizada. El bautismo no produce salvación, pero sí simboliza lo que ocurre en la salvación ya recibida. Solo los que profesan verdadero arrepentimiento, fe en nuestro Señor Jesucristo, y obediencia a Él, son aptos para recibir esta ordenanza. La forma correcta del bautismo ha de ser por inmersión en agua, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
La Cena del Señor fue instituida por Él la misma noche en que fue entregado, para que se observara en sus iglesias hasta el fin del mundo como un recordatorio de su inmenso amor y su sacrificio en la cruz a favor de su iglesia (Lc 22:19-20; Mt 26:26-28; 1 Co 11:23-26). Las únicas personas aptas para recibirla son aquellas que han nacido de nuevo, han hecho pública su profesión de fe en las aguas del bautismo, y se identifican con una iglesia local, comprometiéndose voluntariamente a servir a Dios y a la iglesia. Solo los ministros o pastores llamados por Dios y ordenados bíblicamente pueden administrar el bautismo y la Cena del Señor.
Creemos que el principio para la iglesia cristiana en cuanto al dar es la ofrenda voluntaria, siendo un elemento del culto de adoración que la iglesia celebra cada primer día de la semana, día en que se reunía la iglesia apostólica primitiva para conmemorar la resurrección de Jesús, y en el que la iglesia de nuestros tiempos continúa reuniéndose para la adoración pública y colectiva al Dios trino (1 Co 16:2; 2 Co 9:7).
Creemos en la segunda venida de Jesucristo, como un evento público, único, y glorioso, que la Biblia describe como la esperanza bienaventurada de todos los creyentes verdaderos (Mt 24:30; Hch 1:11; Ap 1:7; Tito 2:13).
Creemos en la resurrección de los muertos, tanto de los creyentes como de los no creyentes. En el Juicio Final, Dios apartará a los creyentes de los no creyentes: los creyentes para vida eterna, y los no creyentes para condenación eterna (Mt 25:31-46; 1 Co 15:51-57; 1 Ts 4:13-18). Los creyentes habitarán en los cielos nuevos y la tierra nueva; los no creyentes serán juzgados por sus pecados y finalmente arrojados al lago que arde con fuego y azufre, como pago por sus pecados y su rechazo a Cristo (Dan 12:2; Jn 5:28-29; Hch 24:15; Ap 20:11-15).
Creemos en el infierno como el lugar donde van las almas de las personas que mueren sin haber recibido el perdón de Dios y la salvación en Cristo Jesús. En la segunda venida de Cristo, sus cuerpos también serán resucitados, pero solo para ser juzgados y arrojados finalmente al lago de fuego, como su lugar final de sufrimiento eterno (Lc 16:19-31; Mt 5:22,29; Sal 9:17; 2 P 2:4; Judas 1:6).
Creemos que los creyentes que mueren, sus almas pasan inmediatamente a la presencia del Señor, hasta el día de la segunda venida de Cristo. A ese tiempo se le conoce como el estado intermedio (Lc 23:42-43; 2 Co 5:8-9, 12:3-4; Fil 1:23; Jn 14:3, 17:24). En la segunda venida, los cuerpos serán resucitados y glorificados, y sus almas se unirán a ellos para habitar en la ciudad celestial para siempre (1 Ts 4:13-18).
Creemos que la oración es uno de los medios de gracia del cual los creyentes gozan como hijos de Dios. Tanto la oración privada como la reunión de oración colectiva son esenciales en la vida de todo creyente verdadero (Mt 6:6, 18:10-20, 26:41; Ef 6:18; Fil 4:6; 1 Ti 2:1-3; Stg 5:16). La oración es evidencia de nuestra dependencia absoluta de Dios (Pr 3:5-7; Sal 62:8).
Creemos que la ley moral de Dios (los 10 mandamientos) sigue vigente, no como un medio para ser salvos, sino como el estándar de Dios sobre cómo debemos vivir. Creemos que el cuarto mandamiento sigue vigente, pero el séptimo día de la semana establecido en la creación y en la ley entregada a Moisés quedó abolido con la resurrección de Jesús, que tuvo lugar el primer día de la semana. De manera que la iglesia cristiana, a través de la historia, continuó reuniéndose ya no en el día sábado judío, sino el primer día de la semana, el Domingo, también llamado el Día del Señor, conmemorando la resurrección de Jesús y la liberación de la esclavitud del pecado. Ese día el creyente descansa de sus labores cotidianas, se priva de recreaciones lícitas en otros días, y lo aparta para santificarlo y dedicarse a Dios en adoración.
Creemos que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, de manera que cualquier otra práctica que no sea entre un varón y una mujer es aborrecible ante Dios (Gn 1:27-28, 2:18; Lv 18:22-23, 20:13,16; Rom 1:24-27). Creemos también que el matrimonio fue instituido por Dios como un mandamiento general para todos (Gn 2:24; Mt 19:4-9), de manera que cualquiera que viva en unión libre sin casarse está cometiendo el pecado de fornicación, y la Escritura dice que «los fornicarios no heredarán el reino de los cielos» (1 Co 6:9).